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domingo, 18 de mayo de 2014

Juego para un país de mente

¡GRAN DESAFÍO GRAN!
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Las siguientes portadas corresponden a 2 diarios porteños
 del mismo jueves 15 de mayo de 2014.
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¡ADIVINE QUÉ DIARIO ES
OFICIALISTA y cuál OPOSITOR!
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(Sabemos lo difícil que será resolverlo,
por lo que más abajo damos unas pistas).
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1ª PISTA: Uno pone un niño feliz como nota principal para comunicar el ¡40% de aumento! en las asignaciones familiares. El otro, si bien informa ese aumento de apenas 184 pesos, aclara que es por falta de empleo.
2ª PISTA: Uno informa del acto sindical titulando que "la oposición gremial revalidó su poder", y otro titula "Moyano en la plaza con las gomas bajas".
2ª PISTA Y MEDIA: (La ayudita anterior tenía una trampita, dado que las tapas son del año 2014, cuando Moyano dejó de ser un amigo confiable del gobierno y pasó a ser un buen muchacho para la oposición).
π STA: Bueno, ya deberían haber adivinado, pero vaya este bonus track para quienes aún no están seguros: Un diario insinúa que el gobierno está alterado por conflictos, mientras el otro quiere dar la buena noticia de que la inflación se detuvo... recurriendo a eufemismos para evitar la golpista palabra "inflación".
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BASTA, NO PUEDO AYUDARLOS MÁS.
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1º PREMIO: Un sutil aporte a su cura del maniqueísmo.
2º PREMIO: Una chance de dejar de leer un sólo medio.
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Promoción válida para todo el territorio nacional, excepto Argentina y resto del mundo.
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Acepto haber leído las bases y puntos de partida
para la organización política de la República Argentina.

martes, 15 de abril de 2014

Luna de Buenos Aires

La luna como la vi anoche, durante el eclipse, cuando pasé por una plaza del barrio de Palermo. 
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D



Y acá se juntaron la astronomía y la astrología, la teología y la ufología.

sábado, 12 de abril de 2014

Piropear mata

Corría el año 1955 cuando Emmet Louis Till se fue a veranear desde la norteña Chicago al sureño pueblo donde vivía su tío, junto al Mississippi. Hacía apenas un mes que había cumplido catorce años, cuando el negrito cometió el gravísimo error de silbar al paso de una mujer blanca. Enterado el marido de la veinteañera víctima del temible acosador, se dirigió -valientemente acompañado por otros dos hombres- a secuestrar al muchacho y darle su merecido: una tremenda golpiza que lo dejó irreconocible, seguida de un disparo en la cabeza. Otros chicos fueron quienes descubrieron, días después, el cadáver de Emmet flotando en el río.
La desfiguración era tal que el reconocimiento del cuerpo fue gracias a un anillo: la madre del muchacho insistió en velarlo a cajón abierto para que el mundo vea el salvajismo al que fue sometido su hijo, y la desagradable foto fue publicada en el New York Times. El caso tomó estado público y, si bien a los periodistas de color se los ubicó en el sector más alejado del jurado, la prensa asistió al juicio contra los acusados, cuya defensa fue solventada por una colecta pública de la gente bien pensante. 
El jurado, integrado en su totalidad por gente blanca, declaró la inocencia de los acusados, considerando que Emmet seguramente estaba vivo y que la madre habría puesto ese anillo a otro cuerpo para cobrar 400 dólares del seguro. Recién en 2005 el ADN confirmó que el cuerpo era del joven Till, pero la reacción lógica no tardó en suceder el mismo año de la injusticia judicial. Rosa Parks -pensando en Emmet- se negó a ceder su asiento a un blanco en el transporte público, como estaba obligado que hiciera la gente negra. Y así se sucedieron las luchas hasta que en 1957 se pudo dictar el Acta de Derechos Civiles.

Impunes, los asesinos para entonces ya habían reconocido la autoría del crimen, del cual en 1992 seguían sin arrepentirse.Y aunque le hayan dedicado canciones al caso desde Bob Dylan hasta Vinicius de Moraes, algunos temas siguen siendo actuales. Sea el comprensible asco por los piropos de pobre que no pasan de eso (más vomitivos que el piropeo físico de un Miguel Del Sel, que por algo este año fue designado al frente de la Comisión de Culotura en nuestro honorable Congreso Nacional), o sean los linchamientos que la buena gente tiene preparados contra la gente fea. Dos asuntos en los que tengo una opinión formada (ni piropeo ni lincho) pero demasiado extensa y sobre todo "gris" para los amigos del blanco o negro.

jueves, 27 de marzo de 2014

El último mensaje del difunto (periodismo)

Cualquiera diría que un breve mensaje escrito es fácil de ser copiado literalmente. No es el caso del último WhatsApp del difunto Fabián Rodríguez, cuyo texto entrecomillan los medios cual cita póstuma, pero todos con forma distinta.
Así, lo único seguro es que en algún momento escribió la sílaba "me", y no sabemos si adelante o detrás del otro texto indiscutible: "al 911". Según la mayoría, la cagada (o moco bárbaro, o simple moco, o error, o macana) ya había sido mandada al momento de escribir, por lo cual es de suponer que mientras colgaba de la soga se entretenía usando el celular. Cuesta creerlo. Mientras tanto, los medios cubren el caso del hasta entonces bastante anónimo famoso, para cumplir su deber de atender la "demanda de información" de la población, eufemismo con que se refieren al morbo de su clientela más valiosa.
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No tengo mucho que agregar sobre esta noticia puntual, dado que no me interesa. Lo que me importa es a dónde está llegando el periodismo de un tiempo a esta parte, cuánta confianza pueden esperar que les depositemos, y qué podríamos creer de temas que requieren mayor desarrollo, si ni siquiera saben copiar un breve texto (ni reconocer que no tuvieron acceso a él). Y entonces extendemos la duda más allá, a la historia misma, a sus supuestos desentrañadores de mitos (o creadores de nuevos), si al fin de cuentas permanecerá la mentira más repetida mientras el olvido deshace las pruebas descartadas de una verdad que no se busca. 
Así, nadie puede asegurar si el último SMS del morocho Cabral a San Martín decía: "Muero contento, hemos batido al enemigo", o si dijo "Avyá amanó ramo yepé, ña jhundi jhegere umí tytaguá": 
Déjenme compañeros. ¿Qué importa la vida de Cabral? Vayan ustedes a pelear, que somos pocos...

martes, 4 de marzo de 2014

Apostillas del carnaval

Conocí y disfruté en vivo más de un carnaval, como el de Gualeguay (Entre Ríos), Oruro (Bolivia), Olinda (Brasil), etc. De chico viví el de Buenos Aires, pero presencié también su decadencia, cuando lo que debía ser una alegría de todos se convirtió en una guerra contra el otro, que recibía espuma en los ojos o bombuchas congeladas que herían como cascotes. Quizás no sea casual que el individualismo fue mayor en nuestra sociedad cuando aquellos mocosos se convirtieron en los adultos responsables. Y mientras el carnaval no perdía dignidad en provincias como Corrientes o países cercanos como Uruguay, acá moría para resucitar más adelante, con la radical Felgueras durante el gobierno de Ibarra. Ninguno de ambos volvió a ser muy votado, pero siquiera Macri se atrevería después a devolver la tranquilidad de la siesta a las plazas de barrio, donde desde entonces retumba un bombo tan popular... como minoritario. El tiempo pasó y el carnaval porteño -que en nuestra historia política sufrió más de un embate censor- hoy no es lo que era medio siglo atrás.
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Sé que no es políticamente correcto confesar que el del siglo XXI me deprime un poco. El progresismo mal entendido hizo creer a algunos que, si en algo participa "gente pobre", debe gustarnos, al menos públicamente. No se da en mi caso, ni tampoco me afiliaré por eso al conservadurismo. Conocer la diferencia entre una diablada jujeña y un corso en Montevideo me permite desarrollar algunas preferencias. De hecho, muy poco es lo que descarto. Y no es una mera discriminación geográfica contra la Capital, pues el "Progreso" también afectó a mi entender la fiesta en otros sitios. Por ejemplo, flaco favor le hizo el éxito al de Gualeguaychú. Pero poco importa mi opinión, ante el dinero que le ingresa.
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Por más que me esfuerce, me cuesta alegrarme ante el panorama matutino de una masa fisurada de turistas juveniles derramados en las calles. Claro que si formo parte no lo veo, y si no lo veo no hay problema. Pero si bien no propongo medidas como la de los anarquistas catalanes que en 1936 destruyeron todo el alcohol de Barcelona, prefiero simplemente correrme hacia carnavales aún familiares, provincia adentro, y evitarme ciertos paisajes aguafiestas para este viejo republicano también aguafiestas.

Pero bien ¿estará en mi ojo la amargura? Comparto una tan ligera como profunda reflexión de @bauerbrun: "Para un caribeño, tocar el tambor es invitar al baile; para un porteño, es protestar. Así suenan nuestras murgas y comparsas." ¿Será así? Según la Real Academia Española, una comparsa es un "grupo de personas que, vestidas de la misma manera, participan en carnaval" (etc). En cambio la palabra murga tiene dos significados: alpechín ("líquido oscuro y fétido que sale de las aceitunas..."); o bien "compañía de músicos malos" (sic) que en algunas fiestas "toca a las puertas de las casas acomodadas, con la esperanza de recibir algún obsequio". Paralelamente, "dar la murga" es una manera de molestar. ¿Será que Brasil tiene Escolas do samba (y como tales dictan cátedra en la materia), en nuestro Interior abundan las comparsas, y en las metrópolis cunden las murgas?
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En fin: sobre gustos no hay nada escrito aunque postee los míos, y obviamente vale amar lo que yo no comprendo. Espero no enojarlos si me sigue gustando el carnaval charrúa, quichua o guaraní, más que el de la ciudad donde vivo y su carroza cornurbana, que es a mi caprichoso parecer uno de los peores cover de la alegría. En algo coincidiremos: prefiero verlo en la calle que transmitido. O no, si se gusta más del constante primer plano de un trasero en movimiento, hasta que pase el miércoles de ceniza y resucite el Día de la Mujer para ponernos serios y criticar la cosificación femenina con pretendida coherencia. Tal vez ni yo la tenga cuando siento que los excesos arruinan la fiesta misma del exceso. Pasa que hay algarabías que me saben a tristeza sin conciencia de clase.
Es carnaval, son gustos, y cada cual hace de su culo un pito, una matraca y papel picado. Ahora, con sumo placer de mi parte... agarrate Catalina.
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domingo, 22 de diciembre de 2013

Diciembre y los demonios


En un país sin tradición democrática, que transcurran 30 años sin gobiernos militares es tanto un logro celebrable como una posible señal de que la democracia ya podría ir siendo una tradición. Puede debatirse cuánto se come, se cura y se educa, pero no hay otro sistema que permita siquiera debatirlo como éste, cuya imperfección pasa por no amputarnos nuestra responsabilidad sobre el destino de un país que inventamos a diario nosotros, humanos imperfectos. Podríamos estar mejor. Podríamos estar peor. Como siempre.
Un 10 de diciembre, Día Universal de los Derechos Humanos, fue el elegido para su asunción por el doctor Raúl Alfonsín (cofundador en 1975 de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos), tras ganar las elecciones de 1983 con la mitad más dos de los votos, cerrando el ciclo de los dictadores que alardeaban de ser ellos mismos "derechos y humanos", y cuyo juzgamiento sin precedente inició el nuevo gobierno apenas asumido. Sin embargo, el llamado "Juicio a las Juntas" no dejaba fuera del alcance de la justicia a los principales responsables de otras organizaciones de diferente composición y aspiraciones pero similar espíritu militar y vocación salvadora. La visión común aún no era la de buenos contra malos sin terceros en concordia. El pueblo que en los '80 acababa de sobrevivir a la locura criminal, se consideraba mayoritariamente enemigo de toda violencia. La maldad de un Videla no santificaba a un Firmenich. Así empezaba la democracia, como una primavera donde el color vencía al blanco o negro, mientras queríamos que brotase la paz.
Si nos ubicamos en 1975, cuando fue creada la APDH, había un gobierno democrático, pese a lo cual la paz social parecía ausente entre incontables atentados de las extremas armadas, en medio de las cuales se podía morir por ser un pibe que tuvo la mala suerte de salir sorteado en la colimba y estar en Formosa durante un ataque montonero, como por estar en la mira de la anticomunista Triple A por el pecado de leer a Marx. Dos grupos armados organizados militarmente, dos "demonios", entre una mayoría de ciudadanos sin armas que sólo querían estudiar, trabajar, armar una familia o disfrutar un partido de fútbol, y entre los cuales también había quienes querían participar de la vida cívica sin violencia, los cuales eran pues mirados bajo sospecha por ambos extremos. Allí estaban los defensores de los DDHH en ese entonces, cuando estas siglas eran desconocidas (cuando no menospreciadas) por casi todos.
En esa situación el gobierno justicialista decretó la orden de aniquilamiento de la subversión, y posteriormente su espacio de Poder quedaría del todo en manos de la que fuera la "joven oficialidad peronista", golpe de estado mediante. Pero la violencia que supuestamente sería erradicada alcanzó así su máximo de poder y crueldad, a cargo de unas Fuerzas Armadas que hacía años venían siendo instruídas para esto. La dictadura militar evitó la justicia, porque la única paz que anhelaba era la de los cementerios. El infierno del período recordado como "El Proceso" quedó dolorosamente retratado en el imprescindible libro "Nunca Más", que la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas creada por Alfonsín en su primera semana de gobierno legase a las generaciones venideras. La tortura y desaparición de miles de personas secuestradas por el Estado había sucedido mientras buena parte de la sociedad se entretenía frente a la TV (y querían estudiar, trabajar, armar una familia o disfrutar un partido de fútbol), ajena a la real dimensión de la tragedia.
Con los años, algo hacía ruido sin embargo en el simplismo de la teoría de los dos demonios. Básicamente, porque no es lo mismo que te golpee un agresor cualquiera a que lo haga el Estado que supuestamente está para protegerte. Ese sería un punto importante del contrato social descrito por Rousseau: para evitar la injusticia de que el fuerte someta a los débiles, éstos crean un monstruo mayor (el Estado) que los proteja de los fuertes. Pero cuando es el mismo Estado quien ataca a la sociedad y se alía al fuerte para darnos por la cabeza, estamos en un caso de injusticia que supera por lejos la elemental del villano atacando al inocente. No es igual el mismo crimen cuando es cometido por el gobierno, porque su responsabilidad es mayor.
Hoy, como siempre, pasadas algunas décadas y renovadas las generaciones, del pasado se sabe menos por haberlo vivido que por leerlo desde la actual graduación de nuestros cristales, a veces ajustada por nuestros oculistas de confianza. Como si entender la visión del otro implicase estar de su lado, se juzga desde el aquí y ahora la mentalidad de un conquistador lejano en el tiempo o de una marroquí lejana en el espacio. Para colmo, sin más información que la poca que queremos. Así, cuando nos es tan oportuno como al Poder al que le somos oportunos nosotros, podemos incluso invertir la naturaleza de lo que fuera, señalándolo como querramos y sin saber la trampa de nuestra re-nominación, como inocentes verdugos involuntarios. De este modo, por ejemplo, podemos hallar gente que cree que el error de la teoría de los dos demonios fue no caer en el maniqueísmo, no tomar partido entre blanco y negro para vomitar esos colores condenados bajo el cargo de tibios grises. 
Más aún, si un medio opositor y un medio oficialista cometen el mismo proselitismo tendencioso y son señalados en su parecido, parecería que el pecado es no sólo no elegir a uno de ambos como verdad indiscutible y al otro como enemigo imperdonable, sino que incluso dicha tercera postura (o cuarta, quinta, etc) es ligada a la demonizada teoría de los dos demonios desde una absurda inversión de argumentos: como el gobierno actual juega a ser el de los vencidos entonces, lo malo es la mentira del medio privado de la señora Noble, y lo bueno es la noble mentira del medio estatal. Para ser lo opuesto de aquello que criticamos, damos un giro de 360 grados. A veces incluso, informamos replicando la metodología que señalamos como principal defecto del enemigo demonizado.
Entre todos los simplismos que supone reducir manuales a panfletos, nuestra historia acumula olvidos en nombre de la memoria, distorsiones en nombre de la verdad, e interesantes conflictos intelectuales a la hora de analizar nuevas tradiciones como el saqueo navideño, la justificación del destrozo de una hinchada de fútbol, el encumbramiento de un denunciado exprocesista especializado en inteligencia, y otras contradicciones que nuestra primitiva visión en blanco y negro se esfuerza en explicar a voz en cuello pero sin diálogo, único demonio del necio. Y así terminamos el año, acumulando más sucesos tachados que digeridos, con 30 años de democracia, pero a sólo 12 del último golpe de Estado.