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lunes, 25 de agosto de 2014

De pájaros, pajarones y libertades

Cuando era chico solía ver la jaula sin pájaros de mi padre. El silencio que la habitaba era contrarrestado por la fuerza del mensaje que tenía escrito. Hoy de recuerdo queda sólo una foto, y lo que haya sembrado su alpiste en mi alma. 
No puedo llamar amor a la posesión del otro. Buscar que nos cante, sin escuchar lo que quiere cantar, me parece mero egoísmo básico, aún si no es más que ignorancia amatoria, la cobertura más pobre de una necesidad elemental de contacto con la madre naturaleza, cuya visita no llega suficientemente hasta nuestra celda de ladrillos. 
Amar es aprender, no aprehender. No puede amarse lo que no se conoce. El primer paso para abrirnos a las melodías que pueblan los aires es el escape de nuestra propia jaula. Escuchar y observar. En otras palabras, estudiar, pero como un placer que colateralmente va a nutrirnos. Es un lento avance que nos llevará del individuo a su especie, de uno al resto, del animal a su ambiente natural. Simultáneamente veremos que amar es dar y que dar no es un sacrificio. Tal vez ni cuenta nos demos de que al observar un vuelo estemos amando, sobre todo si estamos distraídos disfrutando. Es lo que suele pasar a los amantes.
Sin conocimiento, no basta la buena intención. Nuestra inocencia no nos impide ser culpables de nuestras insensateces. El lugar del león no es la jaula, cierto, pero tampoco una avenida. Quien ama a los leones protege el ambiente específico donde se reproducen. Claro que abrir una jaula en la ciudad lleva menos tiempo y me haría sentir el héroe protagónico de una causa noble, pero si enjaular es un capricho del ego, también semejante acto sería una trampa de la vanidad. 
Hace unos días en nuestro país, un gringo se tomó la atribución de hacer algo por las aves sin saber nada de ellas. En verdad no "por las aves", sino por unas en particular, pues el corto de vista suele estar tan preocupado por el árbol como desinteresado por el bosque. Ingresó a un Zoológico (cuyos ejemplares para colmo iban a ser reubicados donde correspondiera según cada caso, al parecer) y soltó a cuanto plumífero pudo. Introdujo así, por su capricho, una cantidad de especies exóticas en una ecoregión a la que no pertenecen, y a la cual alterarán para detrimento de sus propias especies nativas y del ambiente en sí. Apartadas ahora definitivamente de su verdadero hogar, encerradas ya por siempre fuera de su casa, los daños que este arrebato ocasione lamentablemente podrán verse una vez que ya estén hechos (tal como en España fue alterado el ecosistema por nuestras cotorras o en EEUU por los estorninos del viejo mundo). 
Mientras tanto, quienes realmente dedican su vida al rescate y conservación de aves, venían preparando una suelta de ejemplares en el lugar al que sí pertenecen. Claro que al romántico cerrado le costará digerir que esta tarea sea apoyada por un Zoológico (en este caso el de Buenos Aires) pues precisa verlo como ícono de encierro y no como una institución donde se recuperan ejemplares rescatados del tráfico de fauna o se reproducen especies para su reintroducción en su ambiente natural. El caso es que un amigo miembro del Club de Observadores de Aves de Palermo, hacía unos meses había encontrado un carancho (Polyborus plancus) incapacitado para volar, y lo llevó a los veterinarios del Programa de Conservación y Rescate de Aves Rapaces, quienes le dieron los cuidados necesarios hasta considerarlo en condiciones de volver al ruedo (o al vuelo), y así fue como el carancho pudo ser liberado en el parque 3 de Febrero por quien supo rescatarlo.

A los pocos días, la gente del mismo programa liberó en la Reserva Ecológica Costanera Sur un gavilán mixto (Parabuteo unicinctus), un halconcito colorado (Falco sparverius) y una lechuza de campanario (Tyto alba), a los que estuvieron rehabilitando durante meses en el Zoo de Buenos Aires y en la misma RECS, tras recibirlos heridos por causas humanas. Todas son especies propias de esta región, desde mucho antes de nuestra llegada, así como esta región es propia de estas aves.
Ya toqué estas cuestiones en otro post, pero la coincidencia de estas "sueltas" en menos de diez días (la delictiva individual y las colectivas responsables) me hace escribir esta secuela casi pronosticada. Hay muchos modos de ayudar a las aves. No comprar pájaros es una. Proteger especies en peligro es otra. También evitar que nos quiten espacios como la Reserva. Y colaborar con instituciones como Aves Argentinas o Vida Silvestre es ideal, aunque implique soltar un billete y prefiramos sentirnos generosos sin poner plata (como quienes sólo promueven no gastar en entradas al Zoo, aún sabiendo que ese dinero sirve para alimentar a los animales que decimos querer o a sostener programas que devuelven especies a sitios de donde fueron desplazadas, como hace el Proyecto Conservación Cóndor Andino). Pero la mejor manera de ayudar y ayudarnos, empieza por estudiar. Así podremos saber mucho más, incluso cuáles zoológicos no cumplen su función educativa y conservacionista, o cómo pueden hacerlo, o que además de un oso Arturo hay una especie entera de osos polares cuyo ambiente está en mayor peligro, y que de allí también se los desplaza. Y que particularmente a nosotros nos corresponde cuidar las especies nativas de este suelo.
En definitiva y para empezar, la actitud de alumnos nos curará el mesianismo. Conocer, nos ayudará a amar mejor. Y el aprendizaje nos hará libres.

1 comentario:

Herman dijo...

El voluntarismo es mal consejero...