Era un VW 1300L brasilero, del año '81, que compré en 1996 y que me acompañó hasta la crisis del 2001, tras la cual debí venderlo. Con él saqué mi primer registro de conductor; por él dejé de viajar a dedo; en él regresé a Santa Fe y a recorrer Entre Ríos, las sierras cordobesas hasta Capilla del Monte, y la costa atlántica desde Mar Azul en Buenos Aires hasta La Pedrera en Uruguay. Durante esos años, sus pasajeros fueron aumentando a cuatro. Lo llamábamos Santiaguito.
Soportó todo. Dormía en la calle. Vadeó arroyos que los autos modernos no atravesaban. Y una vez incluso se dejó usar de tendedero para secar la ropa... aunque escondiéndose de las miradas de otras coupés tras una parrilla.
Claro que también nos divertíamos. Incluso participamos en competencias. Hacíamos un equipo alegre y equilibrado. Pero el equilibrio no lo aportaba su conductor.
Veamos la pizarra: arriba la izquierda, entre el coche y la carpa (que está detrás del padre que se matea la baba) las más recientes pasajeras caminan calzando los "neumáticos" de sus mayores. Pensar que antes, una de ellas, podía ir parada sobre el asiento trasero sin tocar el techo. Sí: esa misma que en la foto de al lado, apenas era el primer bebé... y a quien fuimos a parir en este auto.
El tiempo es tirano. Aunque ya tenía menos tareas (habíamos conseguido soga con broches), se nos iba poniendo viejo don Santiago. La cría improvisaba subibajas a su lado, por ejemplo, y aunque él parezca sonreír, su vista ya no era la misma.
Así que no lo sacrificamos, pero debíamos jubilarlo y abrir camino a nuevas generaciones. Hoy, donde esté, posiblemente ni nos extrañe. Las chicas están tan distintas que no las reconocería. Sin embargo, nosotros, cada tanto recordamos aquellos tiempos en que todo recién empezaba y nada sabíamos del futuro.
Seguimos sin saber el futuro.












