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miércoles, 3 de febrero de 2010

Pudo escribirlo un tal Bermúdez

Sólo se trataba de hacerlos escarmentar. Ellos venían robando ganado para mantener su ejército de Montevideo, y yo, que nací allí, no se los iba a permitir. Llegué a San Lorenzo a la diestra de José, ese paisano que, de poncho y sombrero gaucho, me eligió al frente de un escuadrón que resultaba ser nada menos que la mitad de los 120 soldados que veníamos siguiendo desde tierra a la escuadrilla enemiga cada noche. Yo había combatido contra los ingleses y junto a mi compatriota Artigas. San Martín había luchado en Europa para la Corona, pero ahora está entregado totalmente a nuestra causa. Al punto de que, pienso yo, mientras los ingleses creen que podrán aprovecharlo para lograr lo que no pudieron por las armas, él será quien se aproveche de ellos para lograr nuestro sueño. No hablo por hablar: acá en el convento, cuando llegamos había un comerciante inglés durmiendo en un coche, que no perdió detalle de nuestras acciones, y para mí es un agente del Foreign Office. San Martín no lo cree así, aunque sabe que a rey muerto... otros reyes al acecho. Igualmente, no creo que sea tan peligroso este tal John Parish Robertson como nuestros compatriotas de Buenos Aires, esos porteños que ahora estarán felices con la victoria, dadas las derrotas que sufriera en Vilcapugio y Ayohuma Belgrano, un doctorcito patriota, pero abogado.
La victoria de la que hablo apenas fue una escaramuza, es verdad, pero con suerte España perdió su control fluvial y no volverá a saquear el Paraná. Veremos. Para los granaderos a caballo, significó su bautismo de fuego. Y para otros, nada menos que la muerte. Para mí, incluso. Pero paso a contar.
Ellos desembarcaron en San Lorenzo con 100 hombres, y su botín apenas fueron unas gallinas y unos melones, porque cuando vieron venir la polvareda, volvieron a subir a los barcos para planear otra estrategia. Todo esto lo supimos después, pues aún no habíamos llegado los del regimiento: quienes habían asustado a los godos eran unos 50 campesinos armados con un cañoncito, liderados por el comandante heroico de Rosario. Hablo de Celedonio Escalada, a quien ojalá no entierre el olvido. A él llegó nadando un prisionero paraguayo que se les escapó a los realistas tirándose al río, y le contó el nuevo plan de un mejor desembarco, esta vez con 2 cañones y con 250 hombres de los 350 totales que sumaban las 11 naves (deducción consecuente: no quedarían ni 10 por cada una, pero éstas estaban armadas para apoyar desde el río). Ahí, cuando Escalada ya se replegaba, es que llegamos nosotros. El 3 de febrero a las 5 de la mañana, los españoles podían esperar ser atacados, pero por una milicia improvisada y 5 veces menor que la suya, tal como habían visto antes de nuestro sigiloso arribo. Detrás del convento, San Martín los esperaba al frente del ala izquierda. A mí -Justo Bermúdez- me tocaba dirigir a la otra mitad. Lo cierto es que cuando vi a los godos, no pude esperar la voz del gran jefe para ir a la carga.
A la vez que intentaba corregir mi error abriendo ligeramente el arco de mi escuadrón, San Martín también debió echarse a la carga, pero entonces los 200 metros que yo tenía hasta el enemigo se hicieron interminables, y él llegó primero, cayendo de un cañonazo que lo dejó atrapado bajo el cadáver de su caballo. Un correntino de Salinas logró hacerlo zafar, pero el doctor Argerich me dijo que el negro pagó caro su arrojo y finalmente murió diciendo algo así como "Omanó che ro rieté... ñamó ro poacá amotareï pe". Ya lo traducirá San Martín, que creció hablando guaraní. Por lo pronto, a mí no quiere ni hablarme. Y tiene razón. Muchas muertes podrían haberse evitado de haber sabido coordinar mejor nuestro movimiento de pinzas. Quedé al mando hasta que San Martín pudo recuperar una montura, y en esos minutos traté de reordenar el caos. No me importó el disparo en mi cabeza con tal de subsanar mi error en el combate. Y nos salvaron los cojones que pusimos. Díaz Vélez cargó con tal ímpetu que murió al pasarse de largo y quedar solo entre los godos. Buchard se jugó al quitarles la bandera. A mí finalmente me voltearon, y hace unas horas el doctor debió cortarme una pierna.
San Martín está desayunando con Zabala, el mismo que mandaba a los españoles. No sé si se conocían de antes, o si lo está convenciendo por el lado de las ideas. Entiendo que hay varios oficiales españoles en desacuerdo con el absolutismo. Por lo pronto, yo estoy acá solo. Y este torniquete me desangra por dentro. Sobrevivir imposibilitado de todo, menos de la mortificación, no es para mí. Aún me pesa la vez que abandoné el combate, en la Banda Oriental, para hacerle de partera a mi mujer. Estoy inflamado de patriotismo pero Marte no quiso darme el don. Y ahora que me culpo, nadie me vigila. Y sé desatar estas vendas, y todo son señales.
A la carga. Que no se diga que el capitán Bermúdez hizo derramar más sangre que la que dejó él mismo.

19 comentarios:

Pazcual dijo...

Que a ti te ha salido mejor. Y punto.

Saludos,

Paz

Opin dijo...

Muy buen relato. Ya no me importa el rigor histórico. Lo he disfrutado mucho.

El Gaucho Santillán dijo...

Muy buen relato. en el convento de San Lorenzo, està la pieza, con una inscripciòn en Bronce,donde agonizò cuatro dìas el capitàn Bermùdez.

SALUDOS

Viejex dijo...

Desconocía la historia, lo del error de Bermúdez es una invención tuya? Estouve viendo otras páginas donde comentan la batalla (acicateado por a curiosidad que me despertó tu relato) y no encuentro referencias al mismo, como sí a lo del parto de su mujer y demás precisiones que das. por lo demás, esta formidablemente escrita, mis respetos, unSer!

unServidor dijo...

Paz: Gracias. Hoy se recuerda la batalla a la que hago referencia. Saludos.

Opin: Gracias. El rigor histórico hubiera extendido el texto para fundamentar cada dicho, por eso escogí la ficción. Al día de hoy, las fuentes más serias se siguen contradiciendo.

Gaucho: Si las paredes hablaran...

Viejex: Lo que pasó es que el movimiento envolvente que debían hacer ambas alas de la tropa no pudo ser ensayado, y mientras San Martín salió apuntando derecho, Bermúdez salió formando una medialuna. Todo ocurrió en segundos, pero provocó que primero lleguen sólo 60 granaderos y luego el resto, en vez de los 120 todos juntos y por ambos lados. Aún así, la táctica no dejaba de ser una gran idea que luego usaría Napoleón (el mismo que se admirará del cruce a los Andes).
Las razones del suicidio de Bermúdez, en cambio, sólo pueden sospecharse. Unos dicen que no soportó la idea de vivir lisiado, y otros, la culpa por fallarle a quien le confió media tropa. En ambos casos, debió sufrir una depresión y un dolor (físico y no tanto) muy grande.

Fender Gebiet dijo...

Estoy escribiendo una (falsa) historia con muchos puntos en contacto con esto, y me lo quedo para choriarle algunas cosas. Joderse, esto está en Internet ¡y es gratis!.

petisuí dijo...

¡Brillante, Unser!

Elizabeth Auster dijo...

Demoré tres párrafos en caer en la cuenta de la fecha. Gracias por el relato.

El Mostro dijo...

Muy bueno.

licha dijo...

q genial!!! gracias por la desbrutización!!!!
xp

Any dijo...

Asi que esa es la historia del Capitán Bermúdez? Mirá, no la conocía. Que sentido del honor y de la entrega que tenía esta gente eh?
Muy buen relato
un abrazo

Carugo dijo...

Ajá, interesante historia. Bermúdez me provoca un sentimiento de tristeza.
No, no es por la historia en sí, sino porque me hace acordar a mi bermuda oficial del verano que mi mujer me tiró....
snif!
un saludo.

Nick dijo...

Muy buen relato UnSer, felicitaciones.

Se agradece la "desbrutización" como bien dijo Licha.

Lincy Lu dijo...

Leerlo es un placer..

El Gaucho Santillán dijo...

Pero no se muriò! Despuès jugò en Boca.

Lady Ithil dijo...

Hermoso relato, UnSer.

unServidor dijo...

Fender: Le cedo mi sable.

Petisuí: Gracias hombre (tanto tiempo)

Eli: Al menos se dio cuenta. Y hablando de fechas, preparesé para el post de mañana viernes...

Mostro: Le agradezco.

Licha: Gracias a tu provincia, por darnos al desbrutizador inmortal (gloria y loor).

Any: El único problema con los valientes honorables, es que sobreviven y se reproducen menos que los cobardes inescrupulosos.

Carugo: ¿Su bermuda tenía un triángulo? No es raro que haya desaparecido...

Nick: Si no nos desbrutizamos entre los burros...

Lincy Lu: Saberla ahí leyendo, también lo es para mí.

Gaucho: Claro, pero antes de estar en Boca, estuvo en San Lorenzo...

Lady: Gracias por hacérmelo saber.

Anónimo dijo...

Muy lindo, pero tengo un bache:

Cabral, Granadero Baigorria, Capitan Bermudez, como fue la cosa en la batalla?

Saludos. E.

unServidor dijo...

Los españoles desembarcan y caminan hacia el convento, detrás del cual están escondidos los granaderos. Éstos salen sorpresivamente por ambos costados: San Martín al mando del flanco izquierdo y Bermúdez del derecho, cada cual al frente de media tropa.
A San Martín le derriban el caballo y el cuerpo del animal derribado le mantiene apretada una pierna. Un español se dirige a matarlo, al tiempo que el negro Juan Bautista Cabral va y rescata a su jefe, pero siendo herido él. Más tarde (con la batalla ya terminada) muere.
Cuenta la leyenda que a ese español lo mató un granadero apellidado Baigorria, quien a su vez también habría sido muerto luego.
El caso es que, al terminar la batalla, Bermúdez estaba entre los heridos, de tal gravedad que el doctor Cosme Argerich debió amputarle una pierna. Pero después, el paciente se impacientó, y se quitó el torniquete que evitaba que se desangre, lo que provocó su muerte.